Un trancón de ciclistas

16 minutos desde que el auto se detuvo.

El hombre de edad media, tal como le dicen a los tipos que no son ni jóvenes ni viejos, para no tener que usar términos más denigrantes como “un cualquiera”, “una cara común”, “un tipo standard”, sigue sentado frente al volante de su auto clase media, mirando pasar a los lados y perdiéndose por el camino hacia adelante a miles de millones de ciclistas que avanzan como parte de una manifestación a favor de algo o en contra de algo. No está prestando mucha atención, ya que hace 9 minutos debía estar en la reunión que a esa hora se inicia en la sala de juntas de la oficina del piso sexto de un edificio del centro, en el cual lleva trabajando 8 años. Está inquieto, pero sabe que aún cuenta con lo que en fútbol llamarían “tiempo de adición”. Menos mal nadie es cumplido en este país.

23 minutos

Las bicicletas siguen pasando en tumulto, rodeando al auto por todas partes. El hombre maldice no haber prendido el radio antes de entrar a la avenida, ya que tal vez así se habría enterado de la movilización ciclística y habría tomado una ruta alterna. Ni modo, lo único que puede hacer es esperar, mientras se repite una y otra vez, murmullando en voz baja “todos son incumplidos, todos son incumplidos”. No puede no sentirse nervioso, teniendo en cuenta que su permanencia en el trabajo y por lo tanto el sustento de su familia depende de lo que pueda llegar a demostrar el día de hoy en la reunión que seguramente acaba de iniciar, especialmente de los documentos que van en la carpeta en la silla de atrás.

30 minutos

El sol resplandece con claridad en el cielo azul, es un día hermoso, aunque lastimosamente no es domingo sino martes. Si fuera domingo no estaría atascado camino al trabajo sino acostado viendo partidos en la tele, y por supuesto, no estaría atorado en la mitad de una absurda congestión de bicicletas mientras se asegura a si mismo que se está quedando sin empleo. Imagina a su jefe mirando de reojo la silla vacía, el reloj y luego la puerta, y empieza a preparar un discurso de excusas para responderle cuando venga la inevitable imprecación. Golpea nervioso el volante, simulando un tambor, y siente un chorro de sangre caliente subirle a la frente cuando un ciclista que pasa muy cerca de su puerta roza y desacomoda el espejo retrovisor.

43 minutos

Dentro del carro inmóvil el hombre trata de distraerse inútilmente pasando de una emisora a otra; ya ha intentado comunicarse con su jefe 4 veces pero sabe bien que no le responderá, como nunca lo hace cuando está reunido con alguien. El sol resplandece pero podría estar cayendo el mayor de los diluvios y nada cambiaría dentro de la cabina; si, tal vez algo, no tendría que soportar el calor soporífero que lo invade. El modelo con aire acondicionado valía mas, y en su momento no vio la necesidad de pagar por ello. El pie derecho va del acelerador al freno constantemente, no como lo hace cuando el carro está andando, sino como movimiento reflejo de la ansiedad que lo carcome.

1 hora

Los odia, sabe que si no fuera por las convenciones sociales, por lo que sus padres le inculcaron desde pequeño, por el miedo a la policía, por el miedo a dios, y por querer verse cortés, bajaría el vidrio y empezaría a insultar a todos los ciclistas que siguen pasando a su lado con pancartas y mensajes inteligibles en sus camisetas. Maldice a viva voz y apaga y prende alternativamente el radio. Acaba de llamar a la oficina y efectivamente una compañera le cuenta que el jefe ha salido de la reunión 3 veces preguntando por el; mejor, por los papeles que tienen que ver los clientes y que descansan en el sillón de atrás del auto, dentro de una carpeta al lado de la bolsa con el desayuno. Acaba de recordar que ahí está la comida que no podrá comer aún, no por falta de hambre, sino porque la rabia creciente le impide pasar cualquier cosa por su garganta.

1 hora y 20 minutos

Extraoficialmente ya debe haber sido despedido. La empresa en la que trabaja acaba de perder un gran negocio porque los papeles que tenían que llegar a la reunión ya no llegaron; el jefe debe estar con ganas de crucificarlo. Adiós al sueldo de todos los meses, a la prima navideña, a la rutina de 9 horas sentado en su escritorio, muy probablemente adiós a un futuro para sus hijos. Las bicicletas siguen pasando y el odio se convierte en rabia, sin embargo, nada se puede hacer, habrá que esperar a que terminen de pasar para ir hasta la oficina a desocupar el escritorio. En la emisora el locutor habla sobre el desastre del último desfile de Cristian Dior y comenta con sus compañeros de mesa los pormenores de la última colección, todos ajenos al drama de este hombre atrapado.

1 hora y 30 minutos

El sol sigue firme en el cielo azul y ya son menos las bicicletas que pasan alrededor del conductor desesperado, la certeza de su despido y del camino que tendrá que asumir le traen ráfagas de calma a su sistema nervioso; a logrado alcanzar una especie de nirvana crapulento en el que la certeza de la claridad de la tragedia trae una calma extraterrena, similar a la que se experimenta cuando se es consciente de que nada puede estar peor. En medio del trance ve las bicicletas y se imagina como protagonista de una película de humor. Por primera vez desde que esta virtualmente desempleado, sonríe.

1 hora y 40 minutos

Los pensamientos atropellados sobre la miseria que asoma por la esquina que cruza el camino de su vida se superponen al estado de lucidez pacífica en el que se había zambullido diez minutos antes; ahora lo recorre un temblor nervioso y enfoca todo su odio hacia la muchacha que sonriente pasa por su lado en su bicicleta verde. “HI JA DE PU TA” le dice a través del cristal, marcando muy bien las silabas para que ella se entere de lo mucho que la odia. La sonrisa despreocupada que ella le devuelve se siente como un puño en la ingle. El calor es asfixiante dentro del auto y la sed aparece para recordarle su miserable humanidad atrapada en el mas absurdo de los trancones. Al menos hay una botella de jugo de naranja atrás, no todo está perdido.

1 hora y 41 minutos

El líquido viscoso que lentamente sale de la botella no refresca la garganta; la última esperanza que tenía el hombre de sentir algo de compasión por parte de un mundo que lo tiene atrapado en un trancón que acaba de quitarle todo en su vida, se había reducido a un sorbo de refrescante jugo de naranja, y ahora eso se le ha negado, todo porque en la estantería del supermercado no tuvieron la delicadeza de separar los jugos listos para beber de los concentrados para diluir con agua. El concentrado de jugo de naranja importado que tiene en su mano es ahora la saliva escupida por el jefe que lo espera para despedirlo oficialmente, es la mierda de todos y cada uno de los ciclistas que cagan en su boca mientras sonríen igual a la mujer que acaba de pasar, es el desempleo, las empresas a las que irá a presentar entrevistas laborales y de las cuales nunca lo llamarán. La botella rueda por el asiento del copiloto justo antes  de que el mundo entero se convierta en una gran mancha blanca. Algo hace click.

1 hora y 42 minutos

El trance que le devuelve la vida, el odio como catalizador de todo, el concentrado de jugo de naranja, la vida es una sola y si te quiere arrastrar contra el piso y destrozarte las coyunturas de los huesos en su intento, algo deberías hacer para defenderte. El pie hasta el fondo del acelerador es tan solo un grito de libertad, y los ciclistas que vuelan por los aires y se estrellan contra el parabrisas y lo van resquebrajando no son más que figuras sin forma puestas en un camino que nunca eligió tomar, pero el cual lo obligaron a recorrer cuando sus padres decidieron que llegara a vivir a este lugar inmundo en el que los jugos no son separados en las estanterías de los supermercados. Ha encontrado la libertad, y está representada en el crujido de la columna vertebral del ciclista que no logró escapar de las llantas del auto. Vuelan todos, y una carcajada llena de locura retumba en el vehículo. La libertad es el no futuro.

[http://www.youtube.com/watch?v=DijpbIbHZl8]

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El rap de la séptima

Va saliendo como una catarata. Se siente el miedo en la voz del muchacho que acaba de subir al bus y que está versando como la van saliendo frases ante una audiencia incómoda de tener que escucharlas. Ahí va, con su cabeza dando mil vueltas en el senit de su creatividad, inspirándose con cualquier cosa que pueda ver, relacionar y rimar: El rostro de una pasajera, el celular de otro, un carro de policía que pasa junto al bus, lo que sea que sirva como combustible para su reflujo verborreico.

El muchacho subió por la puerta de atrás; vestido con ropas anchas y gorra de beisbol, está rebuscándose unas monedas para la comida, o para una cerveza, o para un rancho, o para un porro, o para lo que fuera. Rapea sus líricas en medio del trancón que se forma en la carrera séptima después de las 6 pm, un caudal infinito de carros que avanzan un poco, muy poco, cada tanto tiempo y en donde todos pitan (en especial cuando el semáforo pasa a amarillo). Las personas encapsuladas parecen embutidas en módulos criogénicos que las mantienen aisladas del exterior, como si fueran unos Walt Disney cualquiera.

Con una voz ronca (en otras lides dirían que es un barítono). El muchacho, hijo de una aseadora que trabaja en una oficina en el centro, va juntando una frase tras otra, sintiéndose 2Pac Shakur o Daddy Yankee frente a un público mucho más exigente que el que paga por ver a los consagrados. Acá tiene que esforzarse en serio para ablandar a la gente, para dejarles en sus conciencias una “basurita” que los obligue a sentir que deben pagar alguna moneda por lo que acaban de escuchar. El se sabe bueno, y alguien debe darse cuenta de eso. 

Detrás, parado junto a la puerta trasera, el hermano menor hace voice sampling para acompañar las rimas; antes solo acompañaba a su hermano y pasaba la gorra de puesto en puesto sosteniendo un pequeño parlante en el cual ponía a sonar desde un extracto de sinfonía de Vivaldi, hasta un loop de tres notas repetitivas de una organeta barata. Desde que les dejó de funcionar, tuvo que empezar a participar activamente de las rutinas haciendo el mismo los sonidos que practicaba en su casa, tal lo había visto en una película gringa.

En las sillas del bus los rostros en su mayoría son de cansancio; algunos hombres tienen desajustados los nudos de las corbatas, otra gente se distrae con sus celulares y tan solo una pareja joven, seguramente estudiantes universitarios, sigue con atención las rimas del trovador urbano. Muchos son los que cabecean o se hacen los dormidos, tal vez tratando así que los pasen de largo a la hora de la gorra, al parecer inmunes al desborde creativo de los muchachos. Eso sí, al terminar cada canción todos aplauden, siempre y cuando se les pida.

Con tantas caras distraídas y/o ignorando conscientemente al artista, se pinta un panorama difícil para la colecta; ni las rimas más creativas estaban impactando, por lo que se hacía necesario recurrir al arma secreta: La canción que su madre llegó cantando la semana pasada a la casa, la que tarareó todo el rato que se tomó para preparar la sopa de verduras que cenaron ese día y que le quedó marcada en su memoria; un estribillo pegajoso como ninguno con una melodía simple pero efectiva, como los tienen solo las canciones que se vuelven “de moda”.

El rapero canta y siente que su mamá, revolviendo con la cuchara de palo el caldero con la sopa, sale por su boca y se materializa en la letra que va repitiendo igual a como lo ha hecho todas las noches anteriores en su cama, cuando intentaba darle variaciones a esas pegajosas frases que ella llevara a su casa, y que habla sobre algo que no era muy claro, pero que igual tenía la estructura perfecta para adaptarlo a cántico urbano.

… Muchas gracias damas y caballeros, disculpen la incomodidad pero quería traerles este arte, estas líricas urbanas…

Mientras el más joven de los dos pasa por los asientos pidiendo una colaboración, un joven-adulto, vestido como uno se imagina que se visten siempre los publicistas o “creativos” recién graduados y llenos de ilusiones materiales, un yuppie, trata de ordenar los recuerdos y pensamientos de su cabeza, buscando entender en medio del sopor que todavía le queda de la siesta interrumpida, como aquella melodía que se craneó en compañía de su equipo para aquella malograda campaña de una gaseosa que nunca se lanzó, llegó a la boca de un raperito desempleado que canta en los buses. La sorpresa se transformó en estupor cuando le acercaron la gorra; no podía tolerar que alguien estuviera lucrando, e inclusive tomándose el atrevimiento de cobrarle por el producto de muchas horas de su trabajo, por el cual además no vio nunca la tan ansiada comisión que se le había prometido.

En la siguiente parada del bus bajaron los dos muchachos, seguidos por el yuppie que trata de acercárseles, con toda la indignación de aquel que se siente ultrajado, para reclamarles por la violación que acaban de cometer con SUS derechos de autor. Antes de llegar a la esquina ya los ha alcanzado.

El yuppie no recuerda a la señora que le describe el mayor de los muchachos luego de ser interpelado, no puede relacionar su producto con la madre que llegó a la casa tarareando una y otra vez las frases por el compuestas, pero imagina que el relato que da el rapero es cierto; al final de cuentas siempre hubo un cuerpo cubierto por un delantal, del cual no recordaba rostro alguno, que le acercaba anónimamente un café cada tanto en aquellos días de estrés en los que componía música para comerciales que nunca saldrían al aire.

Sin embargo, hay que hacer algo con el lucro que impunemente se están llevando estos muchachos con SU creación, así que rápidamente empieza a recordar sus clases de mercadotecnia, así como también la charla que alguna vez escuchara de uno de los tantos “gurús” que de estos temas pululan (la que llevaba como título algo así como “las opciones de los exitosos”). Cuando se serena, les hace una invitación a tomar un café en la cafetería al otro lado de la avenida, tiene una idea, LA idea; sabe que tendrá que consultarla con sus jefes, pero está seguro que la aprobarán… Brilliant.

A la semana siguiente dos raperos suben a un bus en la avenida estrenando parlante, melodías y camisetas. La base de la canción que rapea el cantante es nueva también, y es la misma a la que suena en un comercial de detergentes que lleva repitiéndose en las emisoras nacionales durante el último mes. Las líricas también cambiaron, relatándose ahora historias que hablan del logro de la pureza en el lavado, de las manos cansadas de estregar y del problema de despercudir las medias.

Las nuevas camisetas de los muchachos están adornadas con un logo corporativo, acompañado de una frase que dice “la limpieza total rima con todo”. El rapero rima con ganas, sabe que esta canción es incluso mas pegajosa que la anterior, y que seguramente la gorra de su hermano menor se llenará de monedas. Por primera vez se siente como un artista profesional, con uniforme y todo; está estrenando parlante, pinta, letras y además logró algo más llamativo aún, una historia digna de contar con orgullo en el barrio: Supo salvarse de una demanda legal por derechos de autor, cosas que solo le pasan a los consagrados, al convertir su arte en la valla ambulante de un detergente para ropa.

En la oficina de una agencia de publicidad un yuppie está recibiendo en ese momento su bonificación, recibiendo además un reconocimiento especial por innovador. Su camino en el mundo del marketing ha empezado a allanarse después del fracaso de la campaña de la gaseosa.

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Definiciones V

Contradictio in adiecto* (social): Ozzie Guillén, manager de los Marlins de la Florida, es sancionado por cinco partidos y obligado a dar una declaración pública de retractación a causa de unas declaraciones que dio a la revista Time, en las que dijo que admiraba a Fidel Castro. Quienes lo condenan y obligan a retractarse odian a Fidel Castro porque, entre otras cosas, no permite que en su país la gente diga lo que le de la gana.

* (Refiere a aquellos casos en los que en una frase se verifica una contradicción entre el sustantivo y el adjetivo que lo complementa)

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Seis meses para ocho canciones

El Rif de la guitarra de Tony Iommi sonaba 20 segundos, tiempo suficiente para que yo en mi versión mas adolescente, con 15 años a cuestas y un deseo irreprimible por mostrarme malvado, empezara a babear como el perro de Pavlov, deseando que Iron Man entrara a mi cabeza y se alojara para siempre como el soundtrack de mis extensas caminatas por la Medellín de finales de los 90’s.

Solo podía escuchar 20 segundos de la canción de Sabbath porque era ese el tiempo que duraba la muestra gratis que de la canción había en el portal de venta de CD’s online al que entraba a antojarme. Comprarlo online con tarjeta de crédito valía algo así como 13 dólares, mas sin embargo no había ningún tipo de shipping and handling para el Valle del Aburrá y, por supuesto, mi papá nunca me iba a prestar su tarjeta de crédito para el despropósito de introducir su número por internet, habiendo tanto hacker suelto.

Paranoid es un álbum con 8 canciones nada mas, de las cuales solo dos sonaban de vez en cuando en la monótona emisora de rock que escuchaba en aquellos tiempos, por lo que el único camino para poder escuchar mas de esa guitarra  era comprar el CD que vendían en la tienda de música del centro comercial por 34.000 pesos, un precio altísimo para la época para un disco de solo 8 canciones y para un adolescente que contaba solo con la plata que cada sábado le daba el papá por concepto de mesada; no había sin embargo otro camino si quería cabecear encerrado en mi cuarto la versión completa de la canción de la cual solo podía reproducir veinte segundos una y otra vez.

Con un tremendo cargo de conciencia de saber que me estaba dejando estafar impunemente, pero a la vez con la convicción rockera pasando por encima de cualquier mesura económica, llegué a la tienda del centro comercial y saqué el CD seis meses después de coquetearle cada 8 días. Logré reunir los 34.000 pesos, el precio más caro que pagué alguna vez por un CD sencillo, para poder por fin olvidarme de esa muestra inmoral de internet. Ahora caminaba por las calles con el discman en la mochila, mirando con otros ojos la ciudad, y con Iommi tocando el soundtrack que necesité en ese momento para sentirme un poco más feliz de estar vivo.

Ser un adicto adolescente al rock en los tiempos anteriores a las descargas era un ejercicio complicado; en un país en donde un cd importado valía lo mismo que 3 mesadas semanales de un adolescente de clase media y en el que las emisoras “especializadas” se especializaban en repetir las mismas canciones que les imponían las disqueras de turno, era muy complicado hacerse con buenos sonidos. Por eso no olvido cuando estando a punto de cumplir 18 mi hermano menor, que siempre ha sido mas terrenal y pragmático para estos temas que yo, me instaló Napster en el computador que heredé para hacer los trabajos de la universidad. Bajar cada canción demoraba tres o cuatro veces (cuando había suerte) lo que duraba la misma sonando, pero ahora podía tener lo que quisiera y descubrir a todos los grupos que solo tenía por referencias de revistas. Tal vez ese fue mi primer orgasmo verdadero.

Cuando mi hermano supo instalar una versión de audiogalaxy en cada computador de un café internet en Venezuela sin que el dueño se diera cuenta y empezó a mandarme en CD’s compilados la música que le pedía, conseguí una banda sonora infinita para caminar por las calles.

Once años después es mucha la música que bajé, también la que perdí en las dañadas de discos duros y en los cambios de computadores; la que baje para grabar en un cd para el discman y la que después escuché en el reproductor de mp3 de turno. Esa música que conseguí me acompañó en cada camino y cada viaje, y muy probablemente forjó parte de lo que, para bien o para mal, soy ahora como hombre que me acercó a los treinta.

Lástima, el mundo ha vuelto a cambiar y menos mal tuve doce años de ventaja para alcanzar a conseguir lo que necesité para vivir este tiempo que pasó. Mientras tanto, para conseguir ocho pinches canciones, el que ahora tiene mi edad en la época de Iron Man tendrá que ahorrar otra vez de su mesada por X meses, o peor, tendrá que conformarse con las mismas diez que pasaron el “control” de la payola en las emisoras, tal como me tocaba a mi, pero sin la facilidad de contar con caseteras para grabar con propagandas y todo, porque esas tecnologías ya no existen.

Todo mal ministro.

P.D: De ti tampoco me olvido Lars Ulrich; ganaste, puto (?)

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Mujeres

Como usted bien debe saber, el 1 de Mayo de cada año se conmemora (que es algo muy distinto a “celebrar”) el día internacional del trabajo, como homenaje a los incidentes que ocurrieran hace 126 años en Chicago, cuando una protesta por parte de los trabajadores de la empresa McCormick (Si, la de las papas a la francesa en bolsa) que buscaba defender la propuesta de la jornada laboral de 8 horas fue repelida con violencia por parte de una fuerza pública que  fusiló a mansalva a los huelguistas y condenó a la pena de muerte a siete de los líderes obreros que la instigaron.

Para recordar a estos siete Mártires de Chicago y entender su muerte como un sacrificio en pro del bienestar de los trabajadores, es que cada año tenemos pues las consabidas marchas en defensa de los derechos laborales, las papas bomba, el gas lacrimógeno, los antimotines dando bolillo, y todos los demás elementos que hacen parte del montaje teatral que hacemos para celebrar nuestras 8 horas para el trabajo, 8 horas para el sueño y 8 horas para la casa. El primero de Mayo es una conmemoración de un sacrificio, un recordatorio de cómo los beneficios que hemos logrado como sociedad solo han sido conseguidos a través de la lucha y de ponerle la cara al explotador, y es por esta razón que no hemos podido banalizarlo aún (lo máximo que se ha hecho es evitar la conmemoración del día, tal el caso de Estados Unidos) ni convertir esta fecha en un día comercial que pueda esconder su verdadera naturaleza combativa.

El contexto en el cual se originó esta lucha es uno en el cual la industrialización se había tomado ya al mundo occidental como paradigma económico y en el que millones de personas se vieron obligadas a trabajar como obreros de las cada vez mas tecnificadas fábricas en condiciones infrahumanas (Si quiere una mejor imagen de esto, Chaplin puede contárselo de forma mas “jocosa”); el ser humano había llegado a los albores del siglo XX convertido en un apéndice de las máquinas, en un esclavo “asalariado”.

Los obreros luchando por su dignidad ante este panorama sombrío, prendieron la chispa en Haymarket y el tiempo terminaría dándoles la razón: El explotador se quedaría sin argumentos para defender su explotación y tendría que enfrentarse, de ahora en adelante, con una clase obrera que cada vez tenía mas conciencia de su posición en la sociedad.

En las fábricas sin embargo no eran solo los hombres quienes trabajaban; desde los cinco años de edad un niño era considerado apto para convertirse en obrero y como tal lo hacía recibiendo además una paga inferior. A la par con hombres y niños, las mujeres también se proletarizaban y empezaban así a ser un objeto de doble explotación: Por un lado la explotación moderna: La de las máquinas a las cuales tenían que “encadenarse” para sobrevivir, y por el otro una mas ancestral y soterrada: La que la obligaba a ser tan solo un apéndice del hombre que la tenía como una propiedad, por cuenta de todo un discurso cultural que se justificaba en términos de religión, biología y hasta filosofía.

Si bien la promulgación de las ocho horas de trabajo había sido un gran triunfo, para una mujer trabajadora y propiedad de un hombre poco era lo que cambiaba su condición sabiendo que al trabajar en una fábrica iba a ser considerada inferior en relación a los hombres que en ella trabajaban también, y por supuesto por parte de los patrones que jugaban a ser tanto exitosos capitalistas como vulgares carceleros de sus empleados. La mujer trabajadora salía de la fábrica para llegar a otro lugar de encierro: El hogar en el que el obrero (hombre) pasaba a ser patrón y la obrera continuaba siendo tal.

En medio de este contexto, un incidente detonaría la chispa de la revolución que aún no se había dado y que, tal vez, los Mártires de Chicago ni siquiera concibieron. El 25 de Marzo de 1911 en Nueva York (no muy lejos de Chicago) un incendio desatado en la fábrica de camisas Triangle asfixia, calcina y sepulta a 146 mujeres que, como condenadas en una prisión, se encontraban encerradas en el lugar por orden de un patrón que temía la fuga de alguna de ellas.

El incidente, que tuvo una amplia repercusión en su momento, coincidió con las protestas que enarbolaban por esos días varios colectivos de mujeres socialistas en Europa, por lo que el mismo sirvió para denunciar las condiciones en las que estaban relegadas las mujeres trabajadoras, y de paso la doble explotación a la que estaban sometidas y que traía como consecuencia tragedias como esta. Era el momento en el que la mujer había decidido, como los obreros de Chicago, dejar de ser un apéndice para entenderse como un cuerpo entero e independiente. Las mujeres trabajadoras continuarían ahora su lucha con mas argumentos y lograrían con esto ganar toda una serie de derechos que tenían vedados tales como el voto, la potestad para firmar contratos, para decidir sobre su sexualidad, y muchas mas reivindicaciones que aún tratan de conseguirse completamente al día de hoy, cuando el dominio de un género sobre el otro sigue rampante en muchos espacios de la sociedad.

Con algo con lo que no contaban las mujeres que iniciaron esto es que el mercado, el mismo para el cual las 147 mujeres tejían camisas al momento de morir, es un monstruo de mil cabezas que para existir se sustenta en los valores y principios mas tradicionales y por tanto mas inconscientes del ser humano, entre los que se encuentra, por supuesto, la confinación de la mujer a ser un objeto para el deleite del hombre.

En otras palabras, lo que no logró el mercado con el 1 de Mayo si lo hizo con el 8 de Marzo: Transformar la conmemoración de una lucha inacabada en una mera festividad comercial que invita a la mujer a regresar al punto inicial del cual quiso salir justamente recordando la tragedia: Volver a ser una menor de edad caprichosa a la que el hombre tan solo debe adornar y llenar de regalos y meloserías vacías para poder sentirse una “princesa”, de las mismas que los luchadores y las luchadoras del siglo XVIII tuvieron que degollar para acabar con otros tipos de explotación que no vienen al caso ahora.

Actualmente el 8 de Marzo se convirtió en un día comercial, una fecha para dinamizar el consumo de infinitos artículos hechos para un deleite femenino que sabe mas de tradicionalismos que de luchas y que es feliz en las nuevas versiones de un machismo soterrado que les permite seguir jugando a ser menores de edad caprichosas y atenidas. Vemos por todas partes frases cursis remitiendo a la “belleza infinita”, a “el sostén de la familia”, a “las madres abnegadas y silenciosas que nos dieron la vida”, y demás epítetos que buscan invisibilizar un simple hecho: Que alguna vez unas mujeres se rebelaron justamente contra ese papel y quisieron demostrarle al mundo que eran seres humanos a las cuales  no se les debía conmiseración ni subestimación, sino respeto y dignidad, cosas que no vienen en rosas ni chocolates, sino en actitudes y reivindicaciones.

Será cuestión de esperar y ver si las mujeres algún día pueden recuperar su día de las garras del comercio y, principalmente, de ellas mismas y la tentación del machismo cómodo que las relega al papel de princesitas de cristal.

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Boxeando con sombras

¿Qué hago cuando no sé ni siquiera a donde apuntar la mira?

¿Cuando la juventud ya empieza a transformarse en madurez y sin embargo la vida de grande no se manifiesta detrás de ninguna esquina?

¿Cuándo cada vez son menos los confidentes y casi ausentes las manos que ayudan?

¿Cuándo pareciera que no soy nunca lo suficientemente bueno para los intermediarios entre este cuerpo y las rutinas que aseguran el sustento?

¿Cuándo siguen pasando las promesas de llamadas que nunca llegan? ¿Cuándo sigo sentado mirando por la ventana esperando que alguien decida “descubrirme” y darme la oportunidad de demostrarle lo genial o inepto que puedo llegar a ser?

¿Cuándo siento como si caminara entre las tinieblas pensando que todos los demás tienen una linterna que yo nunca encontré?

¿Cuándo dudo hasta de las certezas más arraigadas que creía tener y a las cuales achaco ahora la culpa de esto que se siente cada vez mas como un fracaso continuo?

¿Cómo hacer para no sentir este vacío todas las noches, para evitar la angustia de ver pasar los días sin ser capaz de tomar una decisión radical, un momento de iluminación que me muestre el camino con claridad?

El mundo ahora pareciera una gran discoteca en la que todos bailan y parecieran estar en total sincronía con los impulsos que los circundan. Yo por mi parte cada vez me comporto mas en este mundo como lo hago en una discoteca: Un extraño que igual podría ser un chimpancé criado en cautiverio al que sueltan en la selva de nuevo. Todos se divierten mientras yo siento que alguna facultad o sensación me fue negada, porque soy incapaz de entender las reglas del lugar, y por lo tanto de disfrutar de un lugar así.

Así como no sé como hacen las personas para bailar y para llamar la atención sexual de las presas deseadas en una discoteca, ahora me pregunto también como hacen las personas para conseguir trabajo, como hacen para sentir el deseo y el impulso de hablarles a sus parejas en tono meloso, como hacen para tener amigos y apoyarse en ellos, en fin, como hacen todos mil cosas que parecieran fluirles por decantanción y que yo no encuentro la forma ni de iniciar.

No encuentro la forma, y la solución del cobarde vuelve a tentar.

La carretera está ahí, y el morral bajo la cama.

El problema es que la gran discoteca seguirá en todas partes, y yo seré el mismo chimpancé de laboratorio en cualquier lugar de esta selva infinita.

La salida del cobarde es solo una posibilidad sin posibilidades

La exclusión se puede sentir de muchas formas

Ahora caigo en cuenta también que no encuentro ni siquiera la forma de conseguir que alguien lea este blog, o que mas gente se interese en lo que en el escribo

Puedo fingir que me importa poco y que siempre he venido a escribir para mi mismo, solo en este rincón al que llego cuando encuentro imposible seguir mirando a la ventana. Al final de cuentas lo seguiré haciendo y no importará quien se aparezca por acá.

Pero, carajo, algo distinto deben hacer los que escriben poco mas que yo y reciben mil visitas al día.

Mas reglas que no entiendo, porque no entiendo como hacen los escritores de la web 2.0 para promocionarse.

En la web también soy un puto bicho doméstico, criado lejos de aquellos que pudieron enseñarle como cazar, como comer y como atraer a las hembras.

El grito de la rata en la caja ya está por terminar

Solo era una catarsis que quería permitirme mientras me sigo escondiendo de un superyó que tiene toda la intención de seguir torturándome esta noche.

Hasta mañana.

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Teseo contra los toreros

Asterión está en casa, al menos en lo que el considera que es su casa. Camina por las infinitas y solitarias galerías de esta extraña morada del tamaño del mundo en la que habita desde siempre, y reflexiona en un monólogo interminable sobre su condición, la soledad en la que vive, el linaje real que corre por sus venas, y, tal vez lo mas llamativo de su descripción: El miedo que le produce el producirle miedo a los hombres y el gusto que le da ver llegar, cada nueve años, a los que entran para que el los “libere de todo mal”, así como también la esperanza que deposita en la profecia que le anunció su  liberación a manos de uno de ellos.

El final del monólogo de esta alma atormentada salta hacia una conclusión previsible para cualquiera que ya hubiera identificado al personaje sobre el cual gira este relato de Borges: La muerte del Minotauro a manos de un héroe como Teseo que, tal estuviera contando una anécdota de su día de trabajo, le expresa a Ariadna la sorpresa que le generó la casi nula defensa que le presentó el ya malogrado Asterión. El relato introspectivo en este punto se encuentra pues con el mito griego, planteando a partir de esta última frase pronunciada por el héroe una trasgresión al ideal que trata de transmitir este último: El triunfo del héroe guerrero sobre la bestia salvaje e inhumana, un ideal sobre el cual casi que se ha establecido el arquetipo del hombre en la modernidad, y que, gracias a la prosa de Borges, pasa a ser cuestionado por cuenta de la probable humanidad de la bestia. El Asterión como “otro” encuentra su voz y demuestra que no es tan solo lo que ven de el.

El monólogo de Asterión es pues subversivo con el orden y el imaginario establecido, y su desenlace es tan solo una muestra de los equívocos producidos por verdades absolutas que toman el rechazo a las partes como un rechazo al todo, o también de cuando no son escuchadas las voces subalternas que pueden llegar a cuestionar el metarrelato. Teseo siempre ha sido el héroe y lo seguirá siendo, pero la bestia salvaje que mató tal vez no lo era tanto. Con la reflexión de Asterión hay pues una alerta para el “deber ser” de la civilización, situación mas llamativa aún si nos remitimos al autor.

Muy probablemente Jorge Luis Borges no buscaba menoscabar la idea del héroe civilizado (igual, ¿podremos probar esto alguna vez?) ya que no era un tipo que podríamos llamar “políticamente correcto”: Sus posiciones de derecha conservadora, su eurocentrismo, la subestimación que tenía por muchos pueblos “no occidentales”, su racismo inveterado, y muchos otros aspectos de una concepción del mundo construida en los ámbitos propios de una familia burguesa de principios del siglo XX en un país sudamericano (concepción del mundo que tanto vemos entre las élites de estos países), lo hacen una persona especialmente odiable por muchos.

El rechazo hacia el Borges- persona que constaté in situ conversando sobre el tema con peronistas en Buenos Aires, impedía cualquier valoración del personaje que obviara su mirada política para quedarse en temas netamente literarios; ante algún elogio a la creatividad del escritor que pudo imaginar a un condenado a recordarlo absolutamente todo o un pequeño rincón de una casa en el barrio de Constitución en donde estaba contenido el universo entero, las respuestas eran del tipo “¿y que? el hijo de puta era amigo de Videla y odiaba a los negros” entre otros varios epítetos que terminaban por espantar cualquier idea de seguir conversando sobre el escritor. Mis amigos peronistas también caían pues en la consideración de un “todo” (el escritor-facho-de-mierda-amigo-de-los-milicos) mas allá de sus partes (un facho miserable que podía escribir los cuentos mas surrealistas que pueda alguien imaginar). Después de muerto, Borges se convierte pues, dentro de esta mirada del todo y las partes, en un Asterion al que se le combate su posición sin tener contemplación ni siquiera por su obra.

El caso del Borges- Asterion, asesinado a diario por las espadas verborrágicas de una corrección política que no tiene contemplación con ninguna debilidad se repiten constantemente en nuestro medio. La construcción de un ideal de moral, la proclama de una sola escala de valores posible, e incluso la forma de entender la muerte de una bestia, siguen “logrando” que caigan al olvido por igual grandes ideas, notables producciones intelectuales y conmovedoras historias de vida, todos detalles que se pierden cuando una característica particularmente discutible del personaje en cuestión sale a la luz, alguna muestra de “incorrección política” ante el discurso socialmente aceptado.

Alfredo Molano es un sociólogo al cual, por cuenta de sus trabajos e ideas defendidas, podemos catalogar de izquierda. Sin embargo, este remoquete dice muy poco sobre alguien, por lo que podemos referir mas bien que es un investigador social que ha dedicado gran parte de su vida a entender a este país desde sus bases; un tipo que se ha metido en el fondo de los problemas de esta desbaratada sociedad, exponiendo su vida misma en esta tarea para poder construir así una mirada de los conflictos de Colombia con un nivel de profundidad, alcance y pasión, que difícilmente podamos encontrar en otros investigadores.

Sin embargo, Alfredo Molano tiene un “defecto” que ahora lo está condenando, y de nada sirven sus cientos de textos ni sus elucubradas reflexiones sobre este país: Al tipo le gusta ir a las corridas de toros, una actividad que si bien ha sido satanizada por muchos (incluyéndome), empezó a perder legitimidad social (o en otras palabras empezó a ser mal vista) recién de unos 20 años para acá, cuando los discursos sobre los derechos de los animales empezaron a aparecer en la esfera mediática y en las escalas de valores de los occidentales. Sobre la moralidad de los animales y el trato que con ellos debe tener el ser humano hay un debate abierto desde la filosofía que ha permeado otras esferas del conocimiento, gracias al cual la sociedad ha venido adhiriendo a una serie de postulados otrora impensados por la “civilización”, como lo es pensar en derechos para los animales y temas por el estilo.

Este debate sobre los derechos y la moral de los animales está sin embargo lejos de cerrarse, pero como todo lo que tiene que ver con moralidad y valores, la defensa de una u otra posición se hace desde un apasionamiento que impide cualquier tipo de discusión y que encasilla al que no comparte el valor proclamado dentro de la esfera de los “indeseables”. Molano, un tipo que probablemente tiene su posición tomada y que, creo y espero, reflexiona sobre la tauromaquia y en general sobre los derechos de los animales desde una posición fuertemente reflexionada, es para muchos ahora ese Asterión peligroso para la civilización, o mejor aún, para las buenas costumbres y la moral que se pretende socialmente. Una parte de su todo lo condena en esa totalidad, y ahora tiene que leer en los comentarios de sus columnas cosas como “yo a usted lo respetaba pero demostró que no es mas que un psicópata adicto a la muerte”, etc, etc.

Así como Molano, muchos son los Asteriones que andan por ahí por la calle o en las redes sociales siendo víctimas de los ataques de Teseos que buscan hacer justicia con discursos morales totalizantes, que encasillan a sujetos múltiples como todos (incluso como los que señalan), a personas con claros y oscuros, dentro de una sola palabra que pueda encuadrarlos, sea esta palabra facho, salvaje, mamerto, asesino, etc.

Con todo esto, solo puede pensarse que el discurso “posmo” es una falacia y que la modernidad sigue viva, no porque sigamos manteniendo un metarrelato invariable de lo que se debe o no debe ser, sino por la forma en que nos convertimos en seres totalizantes a la hora de defender nuestras escalas morales y nuestros valores, cosas que al final de cuentas solo ganan o pierden relevancia al amparo de los cambios de la historia y las costumbres.

¿O es que a usted nunca lo han encasillado?

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